Esa tarde, la nieve caía suavemente sobre el pueblo de Papá Noel. En el establo, Nino miraba las estrellas. Soñaba con tirar del trineo, pero la noche le daba un poco de miedo.
Papá Noel se sentó a su lado y susurró: «Incluso en la oscuridad, una pequeña luz te vigila». Entonces Nino levantó la cabeza. Por encima de los abetos, una estrella brillaba más que todas las demás.
Nino era el reno más joven del establo. Sus cornamentas todavía eran pequeñas, sus patas un poco torpes, y cuando el viento soplaba entre las tablas, se escondía en la paja. Los grandes renos no le tenían miedo a nada. Tornado galopaba entre tormentas, Cometa saltaba sobre las nubes y Rodolfo iluminaba el camino con su nariz roja.
«¿Cómo lo hacen?» , preguntó Nino. Papá Noel sonrió dentro de su barba blanca. «Ellos también tenían miedo. Un día decidieron dar un pequeño paso, y luego otro. El valor no consiste en no tener miedo nunca. Consiste en avanzar con suavidad, incluso cuando uno está un poco asustado».
Papá Noel abrió la puerta del establo. Afuera, la noche era azul y silenciosa. Los copos de nieve bailaban a la luz del farol. Nino dio un paso en la nieve. Crujió bajo sus pezuñas como una pequeña risa. Dio un segundo paso, y luego un tercero.
«¿Ves aquella estrella?» , dijo Papá Noel, señalando el cielo. «Es la estrella de los renos. Ha velado por cada uno de vosotros, para siempre. Cuando voláis, os muestra el camino a casa». Nino miró la estrella durante mucho tiempo. Parpadeaba, como si le guiñara un ojo.
Entonces, muy suavemente, Nino sintió algo cálido en el corazón. Sus patas dejaron de temblar. Trotó hasta el final del camino, rodeó el gran abeto y volvió corriendo, con los ojos brillantes. «¡Lo he conseguido!» , gritó. «¡He caminado en la noche!»
Los demás renos asomaron la cabeza por las ventanas del establo. Rodolfo encendió su nariz para felicitarlo, y Cometa golpeó el suelo con las pezuñas. Papá Noel puso su gran mano sobre el cuello de Nino. «Estoy muy orgulloso de ti, pequeño reno. El año que viene, quizá vueles con nosotros».
Esa noche, Nino se durmió en la paja sin dejar encendido ningún farol. A través de la pequeña ventana, la estrella de los renos brillaba suavemente. Y tú también, cuando cierres los ojos esta noche, recuerda: incluso en la oscuridad, una pequeña luz te vigila.
Ese es el final del cuento de hoy. Muchos abrazos para todos, y hasta mañana con un cuento para dormir totalmente nuevo. Buenas noches, niños, y dulces sueños.